lunes, 20 de julio de 2020

Único

Tengo piernas para subir montañas, 
pies para dejar mis huellas, 
caderas con las que bailar el tango
y cintura en la que mover salsa.
Tengo pecho que guarda el alma, 
corazón de fuego, árbol por venas, 
pulmones libres, sangre con etnias
y del mundo tengo todas las razas. 
Tengo el canto de voces anchas,
manos que mueven el planeta, 
brazos para dar abrazos, 
don de gentes y gentes de mi Casa. 
Tengo tierra en mis uñas, blanca, 
blanca como mi piel la tengo, 
también dedos para escribir
la historia de mi saga. 
Tengo arrugas y tantas canas,
con mi pelo unto la juventud, 
de mi boca doy besos
y de besos llenan mi cama. 
Tengo de todo y nada, 
solo vida tengo, y mucha;
pero cuando quede anciano, 
¡mi nombre será eterno en mi lápida!

© 2020 Elías Enrique Viqueira Lasprilla (Eterno).
España.

jueves, 16 de julio de 2020

Insinúate

Los mares de tu garganta
suavizan mis manos; andares de ámbar
por el árbol de tu cuello,
goza mi aliento en vela santa. 
Cúpulas tímidas, en mis palmas
se regocija la sima, perfumada
al siglo cuando comenzó el amor, 
y el resto se hizo en bocas y camas. 
Centros, curvas y bultos de dama, 
son tus líneas las que llevan mis manos
a los debates entre amar
o perder el desmayo en esta llama. 
Cautiva el sabor, el tacto, el instinto viaja
como una bestia al interior, 
a un secreto femenino tan elegante,
al mundo sedoso del placer, calla…
Calla y no hables, pues mi labia
aún sigue en tu cuerpo, sujeto del poder, 
instrumento de Dios; que se apiade de mí
si ya no sé de amor, o de ansia.

© 2020 Elías Enrique Viqueira Lasprilla (Eterno).
España.

viernes, 10 de julio de 2020

Amaneceres

Las paredes oyen
lo que el corazón calla,
el amor grita
lo que la boca manda.
El árbol siente
la tierra mansa,
el alma pregunta
quién tanto ama.
El viento ruge
el destino del alba,
el sol despierta
cual bebé naranja. 
Tus ojos destellan
mi voz que te llama:
“buenos días, 
soy yo el que tanto te ama".

© 2020 Elías Enrique Viqueira Lasprilla (Eterno).
España. 

viernes, 3 de julio de 2020

Aqua

Me encanta tu amor, 
el que me da vida,
el que me entrega luz, 
la locura y mi razón. 
Cuando callas, ese tambor
llamado silencio me hace gentil, 
me hace astral, me lleva a ti,
a tus manos, tu clamor. 
Sirves el cielo con el melocotón
de un atardecer inmortal, 
el mismo de los latidos, 
cuando enmudecen, ante el sol. 
Y la gota de lluvia, mil y un dios
cuando rasgan las nubes, 
viajan a tu pecho, a tus labios, 
ahí, donde siempre estoy yo. 

© 2020 Elías Enrique Viqueira Lasprilla (Eterno).
España. 

jueves, 25 de junio de 2020

El indigente tufo

Versos contra los mejores platos de un chef, escritos por Don Filipendio Porquino, caballero galante de escasa idiotez.

En el siglo XVII, un galante caballero, 
de cuarto gramo de bigote
y kilo y medio de letras en negro, 
empezó a sufrir de acoso estomacal
tras zampar como un pato escueto.
Convirtió la ira en palabras tajantes,
y con una mano aferrada a su pecho,
un discurso maleante le nacía
de lo más hondo de su poco cerebro.
Decía así:
“Desde los déspotas de mi nalguero,
resuena, enjuto, el peor aroma
con el que hacer un mal remedio.
Expulsa de él un esquema de lo que fue
un banquete bien lleno:
la cesta de la compra
que mi mujer me dio por cerdo. 
Escrito en el aire,
me conmueve anunciar cada alimento
que fue a parar a mil narices
cuando me tiré este pe…
¡Me conmueve anunciar!
que con barriga de huevo
supo la noche a romances,
y a algún que otro duelo. 
¡Me batí con uno que sabía!, 
sabía hacer bien los quesos
entre clara y clara, rubia nata, 
me sirvieron plato a pelo. 
Mal fresco… ¡Rasca mi lorza!
Orejas, escuchad el gallo viejo, 
dios de los cultivos de maíz, 
amigo de la canción de mi trasero.
‘¡Cochino!’, se oyó al fondo, 
pero era mi señora de lejos
reprendiendo a un borracho
que no sabía ser hombre en vez de cuento. 
Y de pronto, nació uno más, 
otro insolente genio
que me arrebató la calma
al salir, inmisericorde, de mi pandero.
¡Desde las injusticias!,
cada quien mira a otro cerdo,
otro que juega bien sus cartas
en un rancio y escondido momento. 
¡Ras!, se oyó el trueno
desde las imperfecciones del prójimo, 
uno más que acompaña al viento, 
ya harto de discursos al aire
que nada resulten, solo en muertos.
Y qué más da si la culpa
es de quien gusta de alimentos
en las cocinas de mi palacio, 
hogar de sabores y ronroneos.
¡Aquí está! Otra fechoría
del guion de mi quejo:
robusto chef con cuchara de palo, 
un puchero me trae con mayor puerco.
¡Que lo ahorquen, a la hoguera!,
¡cuélguenlo como a un murciélago!
Quiero verlo correr entre mis manos
por hacerme estreñir los versos.
Ya no puedo más, 
necesito relajar mi tiempo
fuera de mis invitados, 
comensales de riqueza y huertos. 
Hasta muchos años dure
este puzle de fatuos fuegos, 
dominios de los diablos, el baño…;
¡voy a forjar una espada de mi nalguero!”

© 2020 Elías Enrique Viqueira Lasprilla (Eterno).
España.

jueves, 18 de junio de 2020

Entre un ciclón

Vi pasar un grano de azúcar
en la arena blanca, escurridizo, bello, 
tan amplio como un mundo,
tan seguro como una piedra entre rocas.
Era gemelo de la sal marina, como medusa,
encuentro eterno entre agua y tierra, 
figura inquieta igual que una estatua
o un muro lleno de hormigas trabajadoras. 
La noche no ocultaba ese grano de azúcar, 
etéreo en su quietud, débil ante el agua,
fuerte coloso contra el viento;
todo un reto para Dios a cuenta gotas. 
Un grano de azúcar lejos de ser azúcar
cuando ese grano llora en el agua,
deshace sus lágrimas en espuma, 
blanca como la arena y la sal gorda. 
Viejo como una cana, nieve de bruja, 
un grano distinguido por su hazaña
de ser único entre semejantes,
todos granos dentro de una bolsa. 
Este era natural, poeta y musa, 
escribía su historia en cada paso,
dejar en la arena su vida
en letras de barro y agua de roca. 
Y se fundió en una escultura
que el sol la llenaría con cortinas de oro, 
entre tanto grano de azúcar
como puertas con su pomo de orca.
Se hizo vivo, el destino del azúcar;
se hizo perfecto, ni cosa ni objeto,
juguete o niño burlesco, un ser gigante;
vi pasar un ciclón que se llevó mi sombra. 

© 2020 Elías Enrique Viqueira Lasprilla (Eterno).
España.

viernes, 12 de junio de 2020

Arañas

La vida es como una araña:
teje la red perfecta, 
espera la víctima, incauto inocente, 
luego todo lo amaña.
Se la come, come con gana
lo que otros desean arrebatarle, 
el descuido se convierte en hambre
y el hambre, en ansia. 
Maestros del descuido humano, hablan
los que conocen de tretas,
reciben su nota por cómo ven
lo que otros anhelan ver: artimañas. 
Ingente sea toda esa mafia
que ahorca a quienes merecen
el mejor trofeo del mundo, 
y lo que obtienen es una injusta mirada. 
Anhelos de poder sin honor ni nada, 
socarronas sonrisas, ojos de reptil, 
manos de blanco albañil
para teñir el negro de sus almas. 
Sí, y el esfuerzo se paga
contra otros que lo destrozan
con distracción amante,
o una belleza barata. 
Y cuando atisban ese furor, esa garra,
de robar el ingenio, el valor, 
se dan cuenta del error
que es entrar en territorio de arañas.

© 2020 Elías Enrique Viqueira Lasprilla (Eterno).
España. 

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